Desde niño me enamoré de los libros. Ocurrieron cosas en mi vida que me llevaron directo hacia ellos. Las circunstancias en que se desarrolló mi niñez, quizás el hecho de que mi mundo aún no hubiese sido tocado por los distractores de la tecnología o que algo en mi alma ya llevase inscrito el sello de mi amor por las historias, por la poesía y por los mundos de la fantasía, o quizás la suerte de haber tenido una madre y un padre que hallaron el mejor modo que puede haber para hallarle sentido a su desarraigo: ir contándoselo a sus hijos y a todo aquel que quisiera escuchar esa historia, o el hecho de haber sido, también yo, un desarraigado desde siempre, un niño que creció sintiéndose ajeno al exuberante mundo que habitaba, mundo del cual fue excluido por la razón de ser diferente y, más tarde, por la violencia que nos ha sangrado durante décadas, o acaso todas esas cosas juntas hicieron que lo que más yo deseara hacer con mi vida fuera ir, a través de los días, convirtiéndola en palabras.

Lo anterior me lleva a creer que lo que queremos ser lo hemos sido desde siempre. Podemos, con el tiempo, olvidar eso que hemos sido, lo cual no significa que esa esencia nuestra haya muerto. Significa que está ahí, a la espera de un nuevo llamado de nuestra parte; por cierto, a la espera del llamado de un adulto que en un afortunado día cualquiera se reconcilió con el niño que llevaba dentro. Porque para hallar nuestra verdadera vocación quizás sea bueno escuchar qué tiene aún para decirnos ese niño que aún somos. Es menester acercarnos a él y preguntarle qué éramos, entonces, cuando jugábamos a ser alguien.

En mi infancia yo quería leer y más leer, y devorar libros me proporcionaba una gran felicidad. Me ponía en contacto con universos de belleza indescriptibles y me hacía soñar con destinos más altos para mi espíritu. Luego, pasado el tiempo, leer me impulsó a escribir. Quería convertir mis pobres experiencias y las humildes cosas de mi mundo real en tramas que las hicieran más dignas ante mis ojos, más nobles para mi espíritu. Quería dotar de sentido mi propia vida y así vivirla con mayor orgullo. Ignoraba que me estaba atando a una exigente profesión, o mejor, a un acto de libertad, al ejercicio del más fundamental de los derechos: la libertad de expresión. Había descubierto, así, mi vocación desde la más tierna infancia: vivir entre palabras.

Más tarde, mucho más tarde decidí dedicarme a enseñar. Pero mirándolo bien, querer compartir lo que he descubierto o aprendido llegó como consecuencia lógica de querer hallar nuevas formas de expresión de mi propia vida, y de mi deseo de despertar en otros el asombro de la palabra, la magia de la poesía.

Lo que queremos ser lo hemos sido desde siempre. Esta frase puede cobrar sentido si tomas como algo muy válido y verdadero lo que has sido desde la niñez. Yo pude haber pensado que mi amor por las palabras era un simple juego de niños. O haber pensado que dedicarme a ello no sería suficiente para sobrevivir, que los poetas y escritores se mueren de hambre, para darle carácter de verdad a esa afirmación que circula como leyenda urbana. Yo podría haberme imaginado en otra profesión que me proporcionara comodidad económica, seguridad social, y, de hecho, ¡vaya si lo intenté! Porque antes de decantarme por el ejercicio de las palabras ensayé otras profesiones, otros oficios en las que no pude sentirme cómodo ni feliz. De modo que puedo afirmar, sin lugar a dudas, que lo que fui desde niño es lo que estaba llamado a ser.

Estas cosas que te digo deberían, quizás, alertarte sobre la necesidad de prestar mayor atención a ese mundo que fue tu propia infancia; de regresar a ella más a menudo y observar más atentamente también a quienes viven esa edad de la vida. Valorar y observar los juegos de un niño, sus pasatiempos, sus diversiones, la cosas con las que se identifica profundamente podría darnos la clave de aquello en lo que podrá convertirse. Si, por ejemplo, todas las escuelas tuvieran en cuenta algo tan simple, podrían tener un punto de partida para explorar estrategias educativas que potencien eso que sus estudiantes muestran querer ser a través de sus elecciones de todos los días.

Alguien podría decir que ya olvidó eso que fue en su infancia, o que lo experimentó, pero luego cambió de opinión, y ahora se siente a gusto en el nuevo rol que desempeña. Naturalmente eso es posible, me pongo de acuerdo con ello. Mi experiencia no puede ser la misma de todos. Las circunstancias de tu vida te conducirán por caminos diferentes al mío, caminos que espero apunten hacia horizontes de riqueza y de grandes realizaciones. Sólo hace falta que tengas la mente abierta, que explores con curiosidad auténtica, en busca de las claves de tu propio destino.

Yo encontré las claves del mío a muy temprana edad, aunque no por ello dejé de dudar y preguntarme si era ese en verdad mi camino. Porque una cosa con la que estamos obligados a convivir por siempre es con la duda, con la vacilación, con el cuestionamiento constante sobre nuestras decisiones. Mientras esa actitud de pregunta y duda no nos bloquee el paso, mientras no nos incapacite para seguir avanzando bienvenida sea. La necesitamos para conservar nuestro propio equilibrio.  

Por último, porque ya me he extendido bastante en este artículo, quisiera decirte que la realización plena y total es sólo un sueño dorado, pero que cada paso que damos hacia ella es todo lo que podemos hacer en la vida. En mi caso, cada palabra que pongo después de la otra es como una pequeña huella de mis pasos que avanzan y avanzan por el sendero que les indica ese sueño. Nunca van a alcanzarlo, y a quién debería importarle eso. Lo importante es el camino recorrido, lo importante es que me dedico a poner palabras sobre una hoja en blanco, y no tienes idea de cuán divertido puede llegar a ser.

Con todo, debo confesarte que no siempre se me antoja muy divertido. A veces, incluso, es más bien doloroso, y se sufren bloqueos y angustias y se desearía haber sido otra cosa, porque escribir es estar en confrontación continua con los propios demonios o con las verdades que más querernos ocultarnos, claro que sí, pero también es la posibilidad de decirnos, de expresar que tenemos miedo o que amamos u odiamos, que una vez fuimos felices y que, por tanto, en nombre de eso, aun intentamos serlo, aún creemos que podemos serlo.

Además, cuando escribir no es tan ameno, o cuando es muy difícil, o cuando se deja de hacerlo, sabe uno que es un recurso que siempre está ahí, a la espera. El caso es que, por difícil que a veces parezca, por angustiante que sea, no deja de ser una suerte magnífica la suerte de ser escritor, de estar lidiando con las palabras, y la suerte de saber que alguien, en algún lugar del mundo, leerá lo que escribes y se sentirá tocado por tus palabras.

Lo que he querido ser lo he sido desde siempre, seguramente. Acaso hasta yo mismo he tardado bastante en saberlo. ¿Pero qué me dices de ti? ¿Qué anhelas ser? ¿Y qué dirías que has sido desde tu infancia?

Jhon Dayron Cárdenas